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Yo soy la hija de mi padre una vida sin secretos Maria Elena Salinas con Liz Balmaseda.

Por: Colaborador(es): Detalles de publicación: New York Rayo 2006.Descripción: vii, 276 p., [8] p. of plates ill. 22 cmISBN:
  • 0060821000
Otro título:
  • Vida sin secretos
Tema(s): Clasificación CDD:
  • 070.92 S1655y 22
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La galardonada periodista y presentadora de noticias María Elena Salinas cuenta la fascinante historia de su vida, su trabajo, su familia y los secretos que en últimas constituyen nuestras vidas

Cinco noches por semana, María Elena Salinas presenta las noticias a millones de televidentes hispanos en todo el país. Pero cuando se apagan las cámaras es, como tantas otras mujeres, una esposa y una madre que lucha por encontrar un equilibrio entre su vida personal y su vida profesional. Un día descubrió que su adorado padre había sido sacerdote católico, y su vida dio un vuelco: todo lo que creía saber, y en lo que había basado su vida, había sido puesto en duda.

En Yo Soy la Hija de Mi Padre, María Elena Salinas cuenta la increíble historia de su exitosa carrera y la de su lucha por descubrir y aceptar los secretos que envolvían su vida familiar. Desde su infancia en un barrio pobre de Los Ángeles, a sus años de adolescencia pasados trabajando en una fábrica de ropa en el sur de California, a su extraordinario debut en el mundo de la televisión y su cobertura de algunos de los sucesos y desastres más significativos de las últimas décadas, María Elena cuenta su propia historia y la de su padre en el tono cálido y directo que la caracteriza.

Extracto provisto por Syndetics

Yo Soy la Hija de Mi Padre Una Vida Sin Secretos Capítulo Uno La Caja de los Secretos Aprendí a contar historias de voces ignoradas, de mexicanos anónimos de las calles de mi infancia. Me hablaban como me hablaba mi madre, en frases tiernas que sólo insinuaban la peregrinación épica que habrían soportado. Me contaban -- aunque debo confesar que con algo de insistencia de mi parte -- sobre su niñez, sus antiguos ¬amores, sus problemas cotidianos, sus maridos machistas, sus sueños de cuentos de hadas. Éramos almas hermanas, unidas por algo más que las complejidades que era capaz de imaginar en ese entonces. Habíamos trabajado hombro a hombro cuando yo tenía catorce años, cortando los hilos sueltos de prendas de vestir en una fábrica de ropa. Nos ¬reuníamos una y otra vez, en esquinas diferentes del Centro Sur y Este de Los Ángeles, en los cines donde daban películas en español o con subtítulos, en la misa del domingo, en la escuela de personalidad de San Fernando, donde daba clases a mujeres inmigrantes, en los festivales de fin de semana donde los mariachis tocaban nuestras canciones favoritas. En sus historias encontré todos los elementos clave de un periodismo audaz. Y cuando me convertí en reportera de televisión, recurrí a ese tesoro de historias. Claro está que parecían distintas después de filtrarlas por los insensibles lentes de los noticieros nocturnos. Con frecuencia adquirían dimensiones de telenovela. Las cosas que les ocurrían a otras personas, más específicamente, los personajes de mis reportajes, siempre parecian ser más surrealistas que las cosas que me pasaban a mí. Pero yo también tenía grandes sueños. Quería ser una especie de mujer de negocios autosuficiente. Pero ¿haciendo qué? Inicialmente quise ser diseñadora de modas o experta en belleza. Luego tomé unos cursos de mercadeo y me interesé por el creciente mercado hispano. Soñaba con llegar a ser una ejecutiva en publicidad. Decidí que la dirección de mi carrera se definiría por una regla: que nunca me llevara al estancamiento o a la mediocridad. Y nunca lo hizo, aunque tampoco me llevó exactamente a la oficina de ventas. Mi camino dio un giro en la antigua y húmeda sala de noticias de KMEX, el Canal 34, la primera estación de televisión en español de Los Ángeles, y la segunda de Estados Unidos. Era una casa vieja de dos pisos adaptada para albergar una humilde y ruidosa operación de noticias. El aire acondicionado jamás funcionaba, pero los teletipos sí. En los días en que nos limitábamos a leer las noticias tal y como llegaban redactadas por las agencias, los teletipos, no dejaban de sonar, escupiendo pilas interminables de códigos y boletines con los titulares de la hora rodando y enrollándose sobre el manchado piso de linóleo. KMEX era, como lo describiera alguna vez el gerente general de la estación, Danny Villanueva, "esa pequeña estación mexicana de cable." Pero esa pequeña estación, que reflejaba la explosión latina de los años 80, creció en forma dramática durante mis primeros años de trabajo en ella y, a medida que lo hizo, fui aprendiendo a dominar un nuevo lenguaje, uno que había sido hasta entonces ajeno a mi mundo donde lo que dominaba era el spanglish . Se trataba del rítmico y hermosamente condensado idioma de la televisión. Me emocionaba su ritmo y la riqueza de sus palabras, me emocionaba la intensidad de las noticias de última hora. Encontré ahí un verdadero reto, un nuevo mundo que conquistar. Quería aprenderlo todo, así que me sumergí por completo. Pronto estaba transmitiendo esas familiares historias latinas, las que había aprendido de memoria desde pequeña, contándoselas a nuestra audiencia, no sólo durante el noticiero de la noche, como reportera y presentadora, sino también en el programa diario de asuntos comunitarios Los Ángeles Ahora y en un programa de espectáculos del cual era anfitriona el fin de semana. Después de unos pocos años, y de algunos tropiezos y ataques de pánico escénico al aire, logré dominar el terreno, sin el uso de un teleprompter ya que ese fiel dispositivo sólo entró en escena mucho tiempo después. Lo que deseaba más que nada era que mi padre estuviera orgulloso de mí. Y lo estaba. En privado, me daba consejos sobre mi nueva profesión. "No dejes de leer," me aconsejaba, "Nunca dejes de aprender." "Piensa antes de hablar," me advertía. "Lee los antecedentes de la historia que estás cubriendo. Debes tener mucho cuidado. Tienes que hacerlo bien." Pero en público, cuando mi nombre surgió en el mundo de la televisión local, él se referia a mis reportajes de noticias con orgullo. "Esa es mi hija," presumía. Yo comenzaba a adaptarme a mi nuevo papel como reportera, a sentirme segura en esta identidad. Y luego mi mundo se sacudió hasta los cimientos. Mi padre murió. El 6 de agosto de 1985. Fue cuando por primera vez me encontré cara a cara con la más abrumadora historia de mi vida, la que retaría mi propia identidad y me redefiniría. recibí la llamada en un día muy recargado de noticias, en medio de la acelerada actividad de las asignaciones de la mañana. Días más tarde, observaba pasmada el ataúd de mi padre desde el otro lado de la habitación. Una especie de fuerza mayor que me empujaba contra la pared. Me era imposible moverme. Algo muy poderoso me mantenía pegada a esa pared, lejos de mi padre. Era como la fuerza de la gravedad. Ahora comprendo de qué se trataba esa distan-cia entre nosotros: Mi padre estaba muerto y yo ni sabía quién era él en realidad. Mi padre, José Luis Cordero Salinas, fue el primer miembro de mi familia que perdí. Había estado en el hospital seis semanas luchando con las consecuencias de una enfermedad circulatoria. Lo había visto entrar lentamente en un estado semicomatoso, luchando por respirar y marchitándose poco a poco. Fueron tantas las complicaciones derivadas de lo que comenzó como una neumonía que su certificado de defunción enumeraba unas seis causas de muerte. Mi amor por él era tan profundo como los misterios que rodeaban su vida. Disciplinario, pacifista, intelectual, indocumentado. . . . Yo Soy la Hija de Mi Padre Una Vida Sin Secretos . Copyright © by Maria Salinas. Reprinted by permission of HarperCollins Publishers, Inc. All rights reserved. Available now wherever books are sold. Excerpted from Yo Soy la Hija de Mi Padre: Una Vida Sin Secretos by Maria Elena Salinas, Maria E. Salinas All rights reserved by the original copyright owners. Excerpts are provided for display purposes only and may not be reproduced, reprinted or distributed without the written permission of the publisher.
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