El Concilio Vaticano II, en un texto de gran calado, al que no se prestó la suficiente atención en primer momento, constituye el soporte de este libro: «El Señor, cuando ruega al Pade que todos sean uno como nosotros somos uno (Jn 17, 21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud sino es en la entrega de sí mismo a los demás (GS 24). EL Dios que se ha revelado en Jesús en su condición de Familia es un Dios encarnado, que ha caminado —y sigue caminando— codo a codo con el hombre, que alienta y sostiene su marcha y lo aguarda al final del camino como «brazos abiertos y hogar entrañable». Un Dios que llena de luz y de esperanza todos los caminos de los hombres, llamados a vivir en el amor solidario toda su existencia.