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Steve Jobs Walter Isaacson ; traducción de David González-Iglesias González.

Por: Detalles de publicación: New York Vintage Español c2011.Descripción: 735 p., [14] leaves of plates ill. 21 cmISBN:
  • 9780307950284
Títulos uniformes: Tema(s): Clasificación CDD:
  • 621.39092 I738s E 23
Clasificación LoC:
  • QA76.2.J63 I83 2011
Recursos en línea:
Resumen: Walter Isaacson, presidente del Instituto Aspen, ha sido presidente de la CNN y director ejecutivo de la revista TIME. Es autor de Einstein : His Life and Universe, Benjamin Franklin : an American Life y Kissinger : A biography, y es coautor, con Evan Thomas, de The Wise Men : Six Friends and the World They Made. Vive con su esposa en Washington, D.C.
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La biografía definitiva de Steve Jobs

La muerte de Steve Jobs ha conmocionado al mundo. Tras entrevistarlo en más de cuarenta ocasiones en los últimos dos años, además de a un centenar de personas de su entorno, familiares, amigos, adversarios y colegas, Walter Isaacson nos presenta la única biografía escrita con la colaboración de Jobs, el retrato definitivo de uno de los iconos indiscutibles de nuestro tiempo, cuya creatividad, energía y afán de perfeccionismo revolucionaron seis industrias: la informática, el cine de animación, la música, la telefonía, las tabletas y la edición digital.
Consciente de que la mejor manera de crear valor en el siglo xxi es conectar la creatividad con la tecnología, fundó una empresa en la que impresionantes saltos de la imaginación van de la mano de asombrosos logros tecnológicos.
Aunque Jobs colaboró con el libro, no pidió ningún control sobre el contenido, ni siquiera el derecho a leerlo antes de la publicación. No rehuyó ningún tema y animó a la gente que conocía a hablar con franqueza. Jobs habla con sinceridad a veces brutal sobre la gente con la que ha trabajado y contra la que ha competido. De igual modo, sus amigos, rivales y colegas ofrecen una visión sin edulcorar de las pasiones, los demonios, el perfeccionismo, los deseos, el talento, los trucos y la obsesión por controlarlo todo que modelaron su visión empresarial y los innovadores productos que logró crear.
Su historia, por tanto, es el retrato de una fascinante vida: la de un genio capaz de enfurecer y seducir a partes iguales.

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Indisputably one of the biggest names in business, Steve Jobs and innovation have become practically synonymous. One of the early pioneers in the world of computers, Jobs is renowned for his work as head of Apple, helping to establish the company as a worldwide technological leader and standard bearer with a devoted consumer base. In this fascinating new book, bestselling biographer Walter Isaacson takes us inside the mind and life of Steve Jobs, touching on everything from his career to his family, friends, colleagues, and enemies. Drawing from over forty interviews, Isaacson's biography is an unquestionably definitive portrait of one of the greatest icons of our age.

Includes bibliographical references.

Walter Isaacson, presidente del Instituto Aspen, ha sido presidente de la CNN y director ejecutivo de la revista TIME. Es autor de Einstein : His Life and Universe, Benjamin Franklin : an American Life y Kissinger : A biography, y es coautor, con Evan Thomas, de The Wise Men : Six Friends and the World They Made. Vive con su esposa en Washington, D.C.

Extracto provisto por Syndetics

Posicionamiento La personalidad de Jobs se veía reflejada en los productos que creaba. En la base misma de la filosofía de Apple, desde el primer Macintosh de 1984 hasta el iPad, una generación después, se encontraba la integración completa del hardware y el software, y lo mismo ocurría con el propio Steve Jobs: su personalidad, sus pasiones, su perfeccionismo, sus demonios y deseos, su arte, su difícil carácter y su obsesión por el control se entrelazaban con su visión para los negocios y con los productos innovadores que surgían de ella. La teoría del campo unificado que une la personalidad de Jobs y sus productos comienza con su rasgo más destacado: su intensidad. Sus silencios podían resultar tan virulentos como sus diatribas. Había aprendido por su cuenta a mirar fijamente sin pestañear. En ocasiones esta intensidad resultaba encantadora, en un sentido algo obsesivo, como cuando explicaba la profundidad de la música de Bob Dylan o por qué el producto que estaba presentando en ese momento era lo más impresionante que Apple había creado nunca. En otras ocasiones podía ser aterrador, como cuando despotricaba acerca de cómo Google o Microsoft habían copiado a Apple. Esta intensidad fomentaba una visión binaria del mundo. Sus compañeros se referían a ella como la <>. Podías ser una cosa o la otra, y a veces ambas a lo largo de un mismo día. Otro tanto ocurría con los productos, con las ideas e incluso con la comida. Un plato podía ser <> o bien una bazofia asquerosa e incomestible. Como resultado, cualquier atisbo de imperfección podía dar paso a una invectiva. El acabado de una pieza metálica, la curva de la cabeza de un tornillo, el tono de azul de una caja, la navegación intuitiva por una pantalla: de todos ellos solía afirmar que eran <> hasta el momento en que, de pronto, decidía que eran <>. Se veía a sí mismo como un artista, lo era, y se comportaba como tal. Su búsqueda de la perfección lo llevó a su obsesión porque Apple mantuviera un control integral de todos y cada uno de los productos que creaba. Le daban escalofríos, o cosas peores, cuando veía el gran software de Apple funcionando en el chapucero hardware de otra marca, y también era alérgico a la idea del contenido o las aplicaciones no autorizadas que pudieran contaminar la perfección de un aparato de Apple. Esta capacidad para integrar el hardware, el software y el contenido en un único sistema unificado le permitía imponer la sencillez. El astrónomo Johannes Kepler afirmó que <>. Lo mismo le ocurría a Steve Jobs. Este instinto por los sistemas integrados lo situaba directamente en un extremo de la discusión más fundamental del mundo digital: los sistemas abiertos contra los cerrados. Los valores de los hackers que se impartían en el Homebrew Computer Club favorecían los sistemas abiertos, en los que el control centralizado era escaso y la gente tenía libertad para modificar el hardware y el software, compartir los códigos de programación, escribir mediante estándares abiertos, rechazar los sistemas de marca registrada y crear contenidos y aplicaciones compatibles con una gran variedad de dispositivos y sistemas operativos. El joven Wozniak se enmarcaba en ese campo; el Apple II que diseñó se podía abrir con facilidad y contaba con un montón de ranuras y puertos en los que los usuarios podían conectar tantos periféricos como quisieran. Con el Macintosh, Jobs se convirtió en uno de los padres fundadores de la concepción contraria. El Macintosh era como un electrodoméstico, con el hardware y el software estrechamente interrelacionados y cerrados ante las posibles modificaciones. El código de los hackers se sacrificaba para crear una experiencia de usuario integrada y sencilla. Todo esto empujó a Jobs a decidir que el sistema operativo del Macintosh no estaría a disposición del hardware de ninguna otra compañía. Microsoft planteó la estrategia opuesta, permitiendo que su sistema operativo Windows se licenciara con promiscuidad. Aquello no daba lugar a los ordenadores más elegantes del mundo, pero sí hizo que Microsoft dominara el mundo de los sistemas operativos. Después de que la cuota de mercado de Apple se redujese a menos del 5 %, la táctica de Microsoft se declaró vencedora en el campo de los ordenadores personales. A largo plazo, no obstante, el modelo de Jobs demostró que ofrecía ciertas ventajas. Incluso con una cuota de mercado menor, Apple fue capaz de mantener un enorme margen de beneficios mientras otros fabricantes de ordenadores se convertían en productores de bienes genéricos de consumo. En 2010, por ejemplo, Apple solo contaba con el 7 % de los beneficios del mercado de los ordenadores personales, pero se hizo con el 35 % del resultado operativo. Lo que resulta más significativo aún es que, a principios de la década de 2000, la insistencia de Jobs en conseguir una integración completa le ofreció a Apple la ventaja a la hora de desarrollar una estrategia de centro digital, que permitía que el ordenador de sobremesa se conectara a la perfección con diferentes dispositivos móviles. El iPod, por ejemplo, formaba parte de un sistema cerrado y firmemente integrado. Para utilizarlo, debías emplear el software iTunes de Apple y descargar el contenido de su tienda iTunes. El resultado fue que el iPod, del mismo modo que el iPhone y el iPad que vinieron después, era una elegante maravilla en comparación con los deslavazados productos de la competencia, que no ofrecían una experiencia integral completa. La estrategia dio resultado. En mayo de 2000, el valor de mercado de Apple era veinte veces menor que el de Microsoft. En mayo de 2010, Apple superaba a Microsoft como la compañía tecnológica más valiosa, y en septiembre de 2011 su valor se encontraba un 70 % por encima del de Microsoft. En agosto se había convertido en la compañía más valiosa del mundo. Para entonces, la batalla había comenzado de nuevo en el mundo de los dispositivos móviles. Google adoptó la postura más abierta, y dispuso que su sistema operativo Android estuviera al alcance de cualquier fabricante de tabletas o teléfonos móviles. En 2011, su cuota en el mercado de los teléfonos móviles igualaba a la de Apple. La desventaja del carácter abierto de Android era la fragmentación resultante. Varios fabricantes de móviles y tabletas modificaron Android para crear decenas de variedades y sabores, lo que dificultaba que las aplicaciones pudieran mantener su consistencia o aprovechar al máximo sus características. Ambos enfoques tenían sus propios méritos. Algunas personas querían tener la libertad de utilizar sistemas más abiertos y contar con una mayor variedad de opciones de hardware; otras preferían sin dudarlo la firme integración y el control de Apple, que daban como resultado productos con interfaces más simples, baterías más duraderas, un uso más sencillo y una gestión de los contenidos más fácil. La desventaja de la postura de Jobs era que su deseo de maravillar al usuario lo llevaba a resistirse a concederle ningún poder. Entre los defensores más reflexivos de los entornos abiertos se encuentra Jonathan Zittrain, de Harvard. Su libro El futuro de internet... y cómo detenerlo comienza con una escena en la que Jobs presenta el iPhone, y alerta acerca de las consecuencias de sustituir los ordenadores personales por <>. Cory Doctorow realiza una defensa aún más ferviente en el manifiesto que escribió, titulado <>, para Boing Boing . <>. Para Jobs, creer en el planteamiento integrado era una cuestión de rectitud moral. <>. También creía que estaba prestándo un servicio al público: <>. Esta postura iba en ocasiones en contra de los intereses comerciales a corto plazo de Apple. Sin embargo, en un mundo lleno de dispositivos chapuceros, de software inconexo, de inescrutables mensajes de error y de molestas interfaces, el enfoque integrado daba como resultado productos impresionantes marcados por una cautivadora experiencia del usuario. Utilizar un producto de Apple podía resultar tan sublime como pasear por uno de los jardines zen de Kioto que Jobs adoraba, y ninguna de esas experiencias tenía lugar al postrarse ante el altar de los sistemas abiertos o al permitir que florezcan un millar de flores. En ocasiones resulta agradable quedar en manos de un obseso del control. Jobs atribuía su capacidad para concentrarse y su amor por la sencillez a su formación zen, que había afinado su sentido de la intuición, le había enseñado a filtrar cualquier elemento que resultase innecesario o que lo distrajera, y había alimentado en él una estética basada en el minimalismo. Desgraciadamente, su formación zen nunca despertó una calma o serenidad interior propias de esta filosofía, y eso también forma parte de su legado. A menudo se mostraba muy tenso e impaciente, y no se esforzaba por ocultarlo. La mayoría de las personas cuentan con un regulador entre el cerebro y la boca que modula los sentimientos más bruscos y los impulsos más hirientes. Eso no ocurría en el caso de Jobs. Él tenía a gala el ser brutalmente sincero. <>, afirmó. Eso lo convertía en una persona carismática e inspiradora, pero en ocasiones también, por usar el término técnico, en un gilipollas. Andy Hertzfeld me dijo una vez: <>. Incluso los miembros de su familia se preguntaban si sencillamente carecía del filtro que evita que la gente dé rienda suelta a sus pensamientos más hirientes o si hacía caso omiso de él de forma consciente. Jobs aseguraba que la respuesta era la primera opción. <>, respondió cuando le planteé la pregunta. Sin embargo, creo que sí podría haberse controlado algo más si hubiera querido. Cuando hería a alguien no era porque careciera de sensibilidad emocional. Al contrario: podía evaluar a las personas, comprender sus pensamientos más íntimos y sabía cómo conectar con ellas, cautivarlas o herirlas según su voluntad. Este rasgo desagradable de su personalidad no era necesario. Le estorbaba más de lo que le ayudaba. Sin embargo, en ocasiones sí que servía para un fin concreto. Los líderes educados y corteses que se preocupan por no molestar a los demás resultan por lo general menos eficaces a la hora de forzar un cambio. Decenas de los compañeros de trabajo que más sufrieron los ataques de Jobs acababan su letanía de historias de terror afirmando que había conseguido que hicieran cosas que nunca creyeron posibles. La historia de Steve Jobs es un claro ejemplo del mito de la creación de Silicon Valley: el comienzo de una compañía en el proverbial garaje y su transformación en la empresa más valiosa del mundo. Jobs no creó muchas cosas de la nada, pero era un maestro a la hora de combinar las ideas, el arte y la tecnología, y de inventar el futuro. Diseñó el Mac tras valorar el poder de las interfaces gráficas de un modo que Xerox había sido incapaz de hacer, y creó el iPod tras apreciar la maravilla que suponía tener con mil canciones en el bolsillo con una eficacia que Sony (que contaba con todos los elementos y los recursos) nunca pudo alcanzar. Algunos líderes fomentan la innovación al considerar una perspectiva más general. Otros lo logran mediante el dominio de los detalles. Jobs hizo ambas cosas de forma implacable. Como resultado revolucionó seis industrias: ordenadores personales, películas de animación, música, teléfonos, tabletas, y edición digital. ¿Era inteligente? No, no excepcionalmente. Y, sin embargo, era un genio. Sus saltos imaginativos eran instintivos, inesperados y en ocasiones mágicos. Fue, sin duda, un ejemplo de lo que el matemático Mark Kac llamaba un <>, alguien cuyas ideas salen de la nada y requieren más intuición que una mera potencia de procesamiento mental. Como si fuera un explorador, podía absorber la información, percibir el cambio del viento e intuir qué iba a encontrar en su camino. Así pues, Steve Jobs se convirtió en el ejecutivo empresarial de nuestra era con más posibilidades de ser recordado dentro de un siglo. La historia lo consagrará en su panteón justo al lado de Edison y Ford. Consiguió, como nadie en su época, crear productos completamente innovadores que combinaban el poder de la poesía y los procesadores. Con una ferocidad que podía hacer que trabajar con él fuera tan perturbador como inspirador, también construyó la compañía más creativa del mundo. Además, fue capaz de grabar en su ADN la sensibilidad por el diseño, el perfeccionismo y la imaginación que probablemente la lleven a ser, incluso dentro de varias décadas, la compañía que mejor se desenvuelva en la intersección entre el arte y la tecnología. Excerpted from Steve Jobs by Walter Isaacson All rights reserved by the original copyright owners. Excerpts are provided for display purposes only and may not be reproduced, reprinted or distributed without the written permission of the publisher.

Notas de autor provistas por Syndetics

Walter Isaacson was born on May 20, 1952 in New Orleans, Louisiana. He received a B. A. in history and literature from Harvard College. He then attended the University of Oxford, where he was a Rhodes Scholar at Pembroke College and read philosophy, politics, and economics.

He began his career in journalism at The Sunday Times of London and then the New Orleans Times-Picayune/States-Item. He joined TIME in 1978 and served as a political correspondent, national editor and editor of new media before becoming the magazine's editor in 1996. He became Chairman and CEO of CNN in 2001, and then president and CEO of the Aspen Institute in 2003.

He has written numerous books including American Sketches, Einstein: His Life and Universe, Benjamin Franklin: An American Life, Kissinger: A Biography, Steve Jobs, and The Innovators: How a Group of Hackers, Geniuses, and Geeks Created the Digital Revolution. He is the co-author, with Evan Thomas, of The Wise Men: Six Friends and the World They Made.

(Bowker Author Biography)

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