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Lituma en los Andes Mario Vargas Llosa.

Por: Series Colección Autores españoles e hispanoamericanosDetalles de publicación: Barcelona Planeta 1993.Edición: 1. edDescripción: 312 p. 21 cmISBN:
  • 8408010476
Clasificación LoC:
  • PQ8498.32.A65 L5 1993
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Descripciones mejoradas de Syndetics:

In a mining camp in the mountains of Peru, Corporal Lituma and his assistant Tomas live in hostile and primitive conditions, under constant threat from the Shining Path and obsessed by several inexplicable disappearances. This prize- winning novel comprises an impressive mosaic of human circumstances which Vargas Llosa describes masterfully.

"Premio Planeta, 1993."

Extracto provisto por Syndetics

Lituma en los Andes Capítulo Uno Cuando vio aparecer a la india en la puerta de la choza, Lituma adivinó lo que la mujer iba a decir. Y ella lo dijo, pero en quechua, mascullando y soltando un hilito de saliva por las comisuras de su boca sin dientes. --¿Qué dice, Tomasito? --No le entendí bien, mi cabo. El guardia se dirigió a la recién llegada, en quechua también, indicándole con las manos que hablara despacio. La india repitió esos sonidos indiferenciables que a Lituma le hacían el efecto de una música bárbara. Se sintió, de pronto, muy nervioso. --¿Qué anda diciendo? --Se le ha perdido el marido--murmuró su adjunto--. Hace cuatro días, parece. --Y ya van tres--balbuceó Lituma, sintiendo que la cara se le llenaba de sudor--. Puta madre. --Qué vamos a hacer, pues, mi cabo. --Tómale la declaración.--Un escalofrío subió y bajó por la espina dorsal de Lituma--. Que te cuente lo que sepa. --Pero qué está pasando aquí--exclamó el guardia civil--. Primero el mudito, después el albino. Ahora uno de los capataces de la carretera. No puede ser, pues, mi cabo. No podía, pero pasaba, y por tercera vez. Lituma imaginó las caras inexpresivas, los ojitos glaciales con que lo observaría la gente de Naccos, los peones del campamento, los indios comuneros, cuando fuera a preguntarles si sabían el paradero del marido de esta mujer y sintió el desconsuelo y la impotencia de las veces que intentó interrogarlos sobre los otros desaparecidos: cabezas negando, monosílabos, miradas huidizas, bocas y ceños fruncidos, presentimiento de amenazas. Sería lo mismo esta vez. Tomás había comenzado a interrogar a la mujer; iba tomando notas en una libreta, con un lápiz mal tajado que, de tanto en tanto, se mojaba en la lengua. <>, pensó Lituma. <> Era también una mujer la que había denunciado la desaparición del albino: madre o esposa, nunca lo supieron. El hombre había salido a trabajar, o de trabajar, y no había llegado a su destino. Pedrito bajó al pueblo a comprar una botella de cerveza para los guardias y nunca regresó. Nadie los había visto, nadie había notado en ellos miedo, aprensión, enfermedad, antes de que se esfumaran. ¿Se los habían tragado los cerros, entonces? Después de tres semanas, el cabo Lituma y el guardia Tomás Carreño seguían tan en la luna como el primer día. Y, ahora, un tercero. La gran puta. Lituma se limpió las manos en el pantalón. Había comenzado a llover. Los goterones estremecían la calamina del techo con unos sonidos desacompasados y muy fuertes. No eran todavía las tres de la tarde pero la tormenta había oscurecido el cielo y parecía de noche. Se oían truenos a los lejos, retumbando en las montañas con unos ronquidos entrecortados que subían desde esas entrañas de la tierra que estos serruchos creían pobladas de toros, serpientes, cóndores y espíritus. ¿De veras los indios creen eso? Claro, mi cabo, si hasta les rezan y les ponen ofrendas ¿No ha visto los platitos de comida que les dejan en las abras de la Cordillera? Cuando le contaban esas cosas en la cantina de Dionisio o en medio de un partido de fútbol, Lituma nunca sabía si hablaban en serio o se burlaban del costeño. De rato en rato, por la abertura en una de las paredes de la choza, una viborilla amarillenta daba de picotazos a las nubes. ¿Se creerían los serranos que el rayo era la lagartija del cielo? Las cortinas de agua habían borrado las barracas, las mezcladoras, las aplanadoras, los jeeps y las casitas de los comuneros que asomaban entre los eucaliptos del cerro de enfrente. <>, pensó. Los peones eran cerca de doscientos y venían de Ayacucho, de Apurímac, pero, sobre todo, de Huancayo y Concepción, en Junín, y de Pampas, en Huancavelica. De la costa, en cambio, ninguno que él supiera. Ni siquiera su adjunto era costeño. Pero, aunque nacido en Sicuani y quechua hablante, Tomás parecía un criollo. Él se había traído a Naccos al mudito Pedro Tinoco, el primer desaparecido. Era un tipo sin recovecos el guardia Carrasco, aunque algo tristón. Se sinceraba en las noches con Lituma y sabía abrirse a la amistad. El cabo se lo dijo, a poco de llegar: <> <> Sin su compañía, la vida en estas soledades habría sido tenebrosa. Lituma suspiró. ¿Qué hacía en medio de la puna, entre serruchos hoscos y desconfiados que se mataban por la política y, para colmo, desaparecían? ¿Por qué no estaba en su tierra? Se imaginó rodeado de cervezas en el Río-Bar, entre los inconquistables, sus compinches de toda la vida, en una cálida noche piurana con estrellas, valses y olor a cabras y algarrobos. Un arrebato de tristeza le destempló los dientes. --Listo, mi cabo--dijo el guardia--. La señora no sabe mucho, la verdad. Y está muerta de miedo, ¿no lo nota? --Dile que haremos lo posible para encontrarle a su marido. Lituma ensayó una sonrisa e indicó a la india con las manos que podía irse. Ella siguió mirándolo, sin inmutarse. Era pequeñita y sin edad, de huesos frágiles, como de pájaro, y desaparecía bajo las numerosas polleras y el sombrero rotoso, medio caído. Pero en su cara y en sus ojitos arrugados había algo irrompible. --Parece que se esperaba lo de su marido, mi cabo. <>, dice. Pero, por supuesto, ella nunca oyó hablar de los terrucos ni de la milicia de Sendero. Sin un movimiento de cabeza de despedida, la mujer dio media vuelta y salió a enfrentarse al aguacero. A los pocos minutos se había disuelto en la humedad plomiza, rumbo al campamento. El cabo y el guardia estuvieron un buen rato sin hablar. Por fin, la voz de su adjunto resonó en los oídos de Lituma como un pésame: --Le voy a decir una cosa. Usted y yo no saldremos vivos de aquí. Nos tienen cercados, para qué engañarnos. Lituma en los Andes . Copyright © by Mario Vargas Llosa. Reprinted by permission of HarperCollins Publishers, Inc. All rights reserved. Available now wherever books are sold. Excerpted from Lituma en los Andes by Mario Vargas Llosa All rights reserved by the original copyright owners. Excerpts are provided for display purposes only and may not be reproduced, reprinted or distributed without the written permission of the publisher.

Notas de autor provistas por Syndetics

Mario Vargas Llosa was born in Arequipa, Peru on March 28, 1936. He studied literature and law at the National University of San Marcos and received a Ph.D from the University of Madrid in 1959. He is a writer, politician, and journalist. His works vary in genre from literary criticism and journalism to comedies, murder mysteries, historical novels, and political thrillers. His books include The Time of the Hero, The Green House, Conversation in the Cathedral, Aunt Julia and the Scriptwriter, The Feast of the Goat, and The War of the End of the World. He has received numerous awards including the Rómulo Gallegos International Novel Prize, the Premio Leopoldo Alas in 1959, the Premio Biblioteca Breve in 1962, the Premio Planeta in 1993, the Miguel de Cervantes Prize in 1994, the Jerusalem Prize in 1995, and the Nobel Prize in Literature in 2010.

(Bowker Author Biography)

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